enero 02, 2019

¿Qué es la Masonería?


Los orígenes de la Masonería según la tradición transmitida por antiguos documentos masónicos que se remontan a los siglos XIV y XV (Old Charges) señalan que ésta nace con los inicios del mundo o “noche de los tiempos” y por tanto se considera depositaria de esa Sabiduría ancestral o Doctrina Madre Ecléctica, trasmitida por la Tradición, y expresada en las distintas escuelas de misterios de la antigüedad. En consecuencia, la Masonería es esencialmente una escuela iniciática, es decir transmite la “Iniciación” o ”Camino al Conocimiento del Principio Único y Generador del Cosmos que llamamos el Gran Arquitecto del Universo, del cual somos como lo expresa el Génesis su “imagen y semejanza”.
Por tanto podemos decir que aparte del aspecto histórico, la Masonería tiene en su esencia un aspecto más importante que entronca en lo Ontológico y en lo Metafísico, expresado en el poder místico que dan sus símbolos, sus leyendas, métodos y tradiciones y que nos orientan siempre hacia la “Luz Masónica” o “Sabiduría” que emana del Principio Único Generador de todo cuanto existe, y en el cual somos y nos movemos.
Por ello, todos aquellos que a partir de una visión profana intentan descubrir cual es el “Secreto de la Masonería”, golpeándose incesantemente en su propio Egotismo e Intelectualismo espurio, no logran percibir que la Masonería no es Secreta sino discreta y que su Verdadero secreto es de naturaleza Iniciática y Metafísica y por tanto inaccesible a todo aquel que no se ha transmutado en un verdadero iniciado.
La base de la enseñanza masónica está en la madre de todas las ciencias y artes llamada “Simbología”, la que nos permite interpretar los Principios y Leyes Universales que rigen en lo Cósmico y en el Hombre, y que en definitiva expresan y reflejan al Gran Arquitecto del Universo.
Es decir, el símbolo es el aspecto perceptible (fenómeno) de una Idea (noúmeno), que nos permite ir ampliando la Conciencia Interna de nuestra real naturaleza al reintegrarnos con nuestra Esencia, proceso que se logra meditando y reflexionando sinceramente en lo profundo de su significado.
Es interesante señalar que cuando hablamos de símbolo en masonería nos estamos refiriendo a algo que es Sagrado y de “origen suprahumano” y de ahí su Sabiduría, Fuerza y Belleza implícitas. Es tanto así, que la sincera meditación en ellos es capaz reproducir transformaciones energéticas liberadoras (despertar la conciencia) toda vez que se constituyen en una especie de develación intuitiva de una realidad inaccesible a la observación directa y a la comprensión de la razón pura, porque éstas son insuficientes para descifrar y comprender la Creación toda como un “código simbólico armónico” que expresa los infinitos atributos del Creador, donde todo sin excepción se interrelaciona y donde el Hombre aparece en su centro como reflejo directo del creador, y capaz de crear también a partir de su propia cultura.


Los símbolos manifiestan con fidelidad la idea que expresan, idea que trasunta e ilumina nuestra Inteligencia porque actúa despertando en nuestro interior realidades que la razón humana es incapaz de explicar, y en consecuencia es el medio que nos reintegra con nuestra propia esencia. Por tanto, no son dogmas sino que Principios que expresan los distintos modos de expresión de la inteligencia del Gran Arquitecto del Universo; tampoco son alegorías producto de la imaginación o suposición humanas y de ahí su “origen supra humano”, su carácter Sagrado, y su Poder implícito capaz de transformarnos por su energía en verdaderos hombres y mujeres libres. Cada masón interpreta los símbolos según sus propias y sinceras posibilidades (parábola de los talentos), pero siempre apuntando a la “Síntesis” en la Idea Única que todo lo expresa, denominada GADU; en consecuencia la Masonería no contiene dogmas pero si tiene Principios que expresan las distintas modalidades en que se manifiesta la inteligencia del GADU o Principio Único que todo lo contiene.
La labor del masón es entonces “difundir la luz y reunir lo disperso” a través de la síntesis de los significados profundos de los distintos elementos simbólicos, porque no sólo concibe ideas con su Inteligencia, sino que se re-liga con su autentico Ser o Esencia al despertar su propio Genio; es decir se trata de una reintegración interior, porque no es la forma del símbolo la que ilumina sino que es justamente la idea que está plasmada en él y que al mismo tiempo ha estado latente en nosotros porque comprendemos sólo lo que somos y tenemos en nuestro interior, y por ende refleja el Cosmos en su totalidad (“conócete a ti mismo”).
Los masones para trabajar nos reunimos en Logias o talleres, pero es menester indicar que el vocablo logia no solamente se refiere al templo o espacio físico, sino que tiene una connotación más profunda ya que se refiere a un grupo de masones u obreros de la inteligencia del Principio único ordenador que se constituyen para trabajar a la gloria de tal Principio; por eso se dice simbólicamente que tres masones constituyen una logia (ley de tres o de la creación), cinco la iluminan(el hombre en el comienzo del dominio de los elementos) y siete la hacen justa y perfecta (realización de la creación).
El templo físico o Logia simboliza al Cosmos -y en consecuencia al Hombre Verdadero- constituyéndose en un espacio delimitado por las seis direcciones espaciales (oriente-occidente; norte-sur; cenit-nadir) y enmarcado por el Zodiaco a modo de establecer los límites espacio temporales para interpretar la máquina celeste.
Dentro de este encuadre se encierran una serie de elementos simbólicos, siendo el principal de ellos el llamado “Delta luminoso de Oriente” que representa al GADU y desde donde se irradia su Sabiduría o Luz masónica. El resto de los símbolos logiales así como los cargos que ejercen los Oficiales y el Venerable maestro expresan las distintas modalidades cósmicas en que se expresa la inteligencia única.
La “Luz masónica” no es física, sino que es aquella Luz Inteligible o Sabiduría infusa emanada del Delta luminoso de Oriente y cuyo Conocimiento queda expresado y reflejado simbólicamente en dos columnas -J y B- situadas al occidente; y que se estudia en la masonería a través de la siete artes liberales -trivium y cuadrivium-, a saber: gramática, lógica y retórica; aritmética, geometría, música y astronomía.
Como es fundamental en la masonería la concepción del Principio Único Ordenador o GADU, entonces el Delta en Oriente que lo representa tiene la forma de un triángulo debido a que es el ternario la primera representación numérica y geométrica que se puede tener de la unidad y que explican el acto de la Creación, así como nos permiten ir más allá de ella concibiendo interiormente la idea de Unidad no sólo dirigiéndose a la mente de orden racional sino que a despertar la intuición intelectual que reside en el corazón y que nos conduce en el Camino del Verdadero Conocimiento del GADU -llamado también Gnosis.
Entonces podemos decir que para el masón el GADU no es un dogma y en consecuencia la Masonería no es una religión en el sentido tradicional del término, porque cada masón lo concibe según sus posibilidades de entendimiento al ir despertando su conciencia a través de la meditación y estudio de los símbolos sagrados.
La máxima de Delfos dice “conócete a ti mismo”, pero ese conocimiento sólo comienza cuando percibimos que nada sabemos; pero no es una percepción racional o mental, sino que es el descubrimiento íntimo de que lo que creíamos ser no es, y entonces al encontrarnos en un profundo y oscuro vacío interior aparece una luz –Conciencia- que nos identifica con la verdadera realidad que somos. Este proceso es fundamental para poder ser un iniciable, es decir “estar libre y ser de buenas costumbres”, lo que significa que antes de entrar a nuestro templo interior debemos dejar afuera los conceptos, ideas falsas e identificaciones que nos relacionan con el mundo profano, y que generan en nosotros una falsa personalidad ajena a nuestra Verdadera Individualidad o Verdadero Ser.
El ególatra o aquel que está lleno de si mismo no tiene lugar para Dios, y por tanto si no “muere místicamente” el hombre viejo para que nazca el adepto jamás podrá acceder al Conocimiento del Ser, porque nacer es conocer y conocer es co-nacer. La “muerte mística” o iniciática significa un retorno a la pura virtualidad -volver a la madre tierra, al útero simbólico, como lo es una semilla que contiene todos los potenciales para ser el árbol, y es a partir de esa semilla o virtualidad que recién podemos acceder al templo para que a partir de ese momento esa semilla pueda desarrollarse gracias al influjo de los elementos, aire, agua y fuego (luz y calor), que se expresan en las pruebas iniciáticas purificadoras correspondientes y que nos llevan hacia la simplicidad de la Unidad, la que no está compuesta de nada y es ella misma.
La comunicación en nuestras logias de las experiencias individuales que nos acontecen –trazados masónicos- en el camino del Conocimiento –Gnosis- es la base del trabajo
colectivo masónico y constituye una forma de evocar al GADU, reiterando su nombre como una regeneración permanente, por cada uno de los masones, y que finalmente supera lo individual y lo colectivo, al ascender en lo Universal y en la Unidad - “reunir lo disperso”.
La Iniciación es en si misma un misterio porque se trata de una experiencia en nuestra intimidad que las palabras son incapaces de circunscribir, porque se revela a todo aquel que ama –philos- a la Sabiduría –sophia- dado que en la unión con esta está la verdadera identidad, y asimismo nos introduce en el conocimiento mágico que tienen las infinitas formas misteriosas del pensamiento de la Mente Universal.
Los símbolos masónicos representan una realidad inaccesible a la observación directa de los sentidos corporales o la comprensión de sólo la razón pura, porque ellos manifiestan el orden y las leyes sostenedoras del mundo, del universo y de nosotros mismos.
De este modo se entiende que todos los seres de la Creación manifiesten una realidad oculta en ellos, imperceptible a los sentidos, pero que los trasciende porque pertenece a un Orden Superior. Del mismo modo las obras que la Naturaleza nos muestra contienen en si mismas y además manifiestan los arquetipos del Creador constituyéndose en su símbolo, tal como así también el hombre.
Como la Naturaleza se expresa en símbolos, el iniciado debe develar éstos a través de una metodología cuyos primeros pasos comienzan en una especie de “simpatía” por una identidad de ideas y que le lleva seguidamente a la “intuición”, entendiendo las pulsiones de la conciencia que le conducen a comprender los principios que están más allá de los signos. Sin embargo, la simpatía y la intuición sólo se desarrollan con la inteligencia que nos permite el análisis, la descomposición y la síntesis en otro nivel superior.
Por lo anterior podemos decir que todo símbolo sagrado, incluyendo el hombre como símbolo del Cosmos, tiene una doble naturaleza: su materia o substancia y la idea que expresa o su esencia.
La Masonería tiene la particularidad de ser una escuela iniciática que conserva el Saber de la Ciencia Simbólica, pero además posee la capacidad operativa de transmutar a un hombre común o profano en un iniciado, regenerado en su seno y nacido de nuevo mediante la influencia de la iniciación, permitiéndole conocer el si mismo y así reintegrarse desde la pluralidad a la Unidad Inmutable del Ser.
La Masonería se expresa por medio de una simbología constructiva que permite comprender la Cosmogonía y responder las tres preguntas fundamentales de la filosofía, a saber: ¿Quién soy? ¿De donde vengo? Y ¿adónde voy?; y entonces, siendo la Arquitectura el símbolo o Arte de concebir las ideas más elevadas y la Construcción el arte de realizarlas, es por lo que los masones vemos en nuestro oficio un modo de recrear el Modelo del Mundo y el vínculo de conexión vertical con la Inteligencia creadora del Principio Único ordenado o GADU. Entonces podemos resumir que la Masonería es una vía Hermética e intelectual de aprendizaje de la Doctrina Tradicional transmitida a través del Rito y del Simbolismo Constructivo, se trata de una enseñanza ancestral basada en las correspondencias de un simbolismo sagrado analógico capaz de desentrañar el misterio del Cosmos y de todos los seres que lo habitan.
En consecuencia, el templo que los masones construimos a la Gloria del GADU es una expresión simbólica que sintetiza en si toda la enseñanza que transmite la Tradición revelada. Por ello el masón es un “arquitecto del Conocimiento”, abarcando más allá de lo que generalmente significa un arquitecto en el ámbito profano-académico; por ende la masonería no debe ser entendida como una escuela de arquitectura sino que como una Escuela Iniciática que utiliza los símbolos constructivos en su sentido más profundo y esotérico al mismo tiempo que transmite una iniciación de oficio.
La operatividad de la construcción masónica estriba en que el masón -como arquitecto del Conocimiento- construye un templo en que hay correspondencia entre el Creador o Principio Único, la Obra y el mismo hombre, por ello se dice que el templo -u Hombre Verdadero- es un ser o “cuerpo vivo” hecho a imagen y semejanza -pero no igual- de su Creador.
El proceso iniciático -sintetizado en la Tradición- se desarrolla gradualmente en distintos grados -o estaciones de conocimiento- que se pueden entender como dispuestas escalonadamente en
una espiral que marca una jerarquización –hieros- que se relaciona con un ordenamiento arquitectónico –archen- sagrado de las cosas, del hombre y de la arquitectura misma del Universo, a partir de los tres pilares que sostienen el Cosmos: Sabiduría, Fuerza y Belleza, y por los cuales el Principio Único Ordenador se expresa.
Esta Verdad Universal se simboliza en la masonería en sus tres grados llamados simbólicos: Aprendiz, Compañero y Maestro, y que son estados de conciencia que se corresponden a distintos grados de la Existencia. Sin embargo, siendo ellos tres en experiencia solamente son Uno en Esencia, y en consecuencia la labor del iniciado consiste en hacer esos estados permanentes a través de la reiteración y perseverancia en la comprensión y expresión de los Principios Universales y sus múltiples aplicaciones en los diversos órdenes.
La diferencia cualitativa entre un determinado grado virtual de conocimiento y su efectividad real está en lo que se llama la “Operatividad” que separa la potencia del acto. Esto nos lleva a inferir que la transmisión de la enseñanza iniciática en esencialmente incomunicable, pero no así los métodos y prácticas que son lo único que se puede enseñar por medio del simbolismo, viene sólo a ser así una ayuda exterior aportada al trabajo interno de realización.
El trabajo masónico de construcción se realiza en múltiples estados del Ser, elevándose a través de distintos órdenes de la Existencia a los que éstos pertenecen. Por ello el masón comprende que él es en si mismo un templo completo que se constituye en tal, en la medida de su trabajo interior al ir despertando la conciencia, y que trasciende a toda condición de espacio y tiempo erigiéndose más allá del devenir y de la muerte.
La base de toda la construcción masónica es la Geometría –sagrada- en su concepción mas profunda, porque es la ciencia por la que se mide toda la manifestación del Creador, y en consecuencia todo ser que ocupa un lugar en el Cosmos ha sido determinado y medido por el Gran Geómetra, lo que significa que sus condiciones de existencia son la medida y su razón de ser; por ello decimos que Dios geometriza, es decir todas sus manifestaciones se determinan en número, peso y medida.
La arquitectura, como toda disciplina que realiza las cosas con arte, abarca la facultad intelectual “imaginativa” –nous- que es la que concibe alguna idea imitable –paradigma-, y la facultad “operativa” que es la imitación de aquel modelo o paradigma en un material determinado. Estos dos aspectos trabajan sinergicamente en el masón toda vez que la Sabiduría y el método, o la Inteligencia y el arte, se expresan de modo que el fenómeno creativo da cuenta de si mismo, de manera que debemos entender que el espíritu humano no crea únicamente a partir de sus propias fuerzas, ni aún en las condiciones más favorables, sino que necesita de la inspiración que viene de algo superior -genio- y que constituye la parte más importante del proceso creador, porque los actos creadores superiores requieren necesariamente la Conciencia Viva de la presencia de un Ser superior.


Por tanto, los masones nos sentimos co-creadores con aquel Principio Único porque participamos en su poder creador que consiste en una manera de construir –techne- y en el modo de concebir –logos- esa manera de construir, reproduciendo - como imitaciones sensibles- los arquetipos y modelos inteligibles a través de la geometría en formas y figuras que son imágenes inteligibles de ideas y números.
La necesidad interior que impulsa al hombre, y particularmente al masón, de imitar en sus obras el poder creador del GADU responde a las necesidades del “hombre integral”, que no sólo vive de pan sino de todo aquello que se encuentra más allá de su contingencia individual y transitoria, porque una vez cumplida esa necesidad toma conciencia de quien es realmente de un modo permanente e inmutable, porque todos los estados del ser están en perfecta simultaneidad en el eterno presente. Todas estas palabras no deben ser entendidas como si los masones quisiéramos sustraernos de nuestro medio social, pues procuramos y tenemos el deber de llevar la luz a toda la humanidad, lo que significa que trabajamos también para que nuestra sociedad se establezca en un encuadre apto para vivenciar diversos niveles del Conocimiento y para efectuar diversas maneras de existencia haciendo que la cultura vuelva a lo que son sus orígenes sagrados, que van más allá de la concepción que actualmente tiene el hombre contemporáneo cuyas necesidades responden a condicionantes económicos, sociales y utilitarios sustentados en la ignorancia, el fanatismo y la ambición de su egotismo.
El masón verdadero vive la vida ritualmente, pero no en un sentido literal ni tampoco buscando méritos, la aceptación o el reconocimiento, sino que el rito diario de vivir consiste en lo contrario, es decir mantener una visión sagrada de un tiempo presente en el que el día se vive como una nueva jornada en la que todo puede suceder, y cualquier actividad es una experiencia que nos puede ayudar a “desbastar nuestra piedra bruta”- eliminar los egos que nos encarcelan en la ilusión-; y entendiendo que lo justo está en el equilibrio del eje vertical de la balanza y no a la izquierda o a la derecha. Es precisamente en este centro donde el masón es libre porque tiene la posibilidad de reconocer su posición que supera su individualismo situándose así en el sitial que le corresponde como co-creador haciendo suya la Voluntad del Creador -hágase tu voluntad aquí en la tierra así como en el cielo, lo de arriba es a lo de abajo y viceversa-; y esto se traduce en la expresión masónica de “estar al orden”, porque lo importante es que las cosas sean hechas por ellas mismas dado que el mérito de hacerlas bien puede dejársele a otro; y no olvidemos que todo nos es dado y por lo tanto no hay mérito real en las obras del hombre salvo el hecho de ser su receptáculo y merecedores de ellas por gracia, porque somos co-creadores de un obra que no nos pertenece. La vida masónica debe constituirse entonces en un sacro oficio –sacrificio- cumpliendo el gesto prototípico y ordenador del GADU que la Naturaleza nos muestra y que el masón traslada a su diario quehacer, lo que se traduce en una metafísica que entiende que la existencia es consecuencia del acto de ser; en consecuencia si escudriñamos a través del simbolismo en las Causas y Principios del Ser podemos distinguir los grados o niveles de Ser, lo que masonicamente es llamado “cubicamiento” de la piedra bruta -que ha sido previamente desbastada- y que va ampliando nuestra percepción en la medida que logramos un mayor grado de interioridad o inmanencia.

Para el masón todo en el Universo se manifiesta en sus infinitas entidades según el grado de interioridad que éstas experimentan, pero que tienen en común un Principio vital autosubsistente -Alma del mundo- que las organiza y las unifica en su ser, unificando e integrando su substancia, en consecuencia la naturaleza humana viene a ser inmaterial, subsistente, espiritual o intelectual, incorruptible y eterna.
Los masones consideramos que el iniciado es aquel que se ilumina por la Inteligencia o Luz que emana del GADU y que le permite tomar posesión plena de si mismo, aislándole de lo instintivo por medio del auxilio de las fuerzas ocultas y perennes de la naturaleza, de modo que aflore la verdadera Voluntad que se representa en el pensamiento a través de ideas que se expresan en todas aquellas facultades propias del espíritu consciente.
Esto nos lleva a colegir aquella Fuerza que se desprende de nuestros pensamientos, y en consecuencia el desperdicio de energía cuando sólo producimos palabras vacías sin ningún tipo de realización en lugar de experimentar la magia del verbo divino que está en nosotros. Consideramos que la palabra en cuanto a signo evocativo, confirma su valor toda vez que identifica la amplitud del camino iniciático como equivalente de la infinitud de la conciencia humana, y ésto queda demostrado en aquella “meditación en el silencio” donde aparecen tantas voces como pensamientos y que intentamos limpiar de nuestra mente, y a mayor abundamiento, siempre bajo cada discurso interno aparecen otra y otra voz que van teniendo un vocabulario más expansivo que aquél que conocemos de hecho; este estado es muy propio como aquél que se da en la ensoñación donde las voces internas buscan lo que significa aquello cuando faltan palabras para determinados significados demostrando con ello que existe en nosotros un vocabulario infinito tal cual es nuestra conciencia; proceso que se detiene sólo en el silencio absoluto cuando detenemos la lucha contra las voces internas y pasamos a ser todo y nada al mismo tiempo.
Es preciso lograr un entendimiento en la relación expansiva de todos los signos de la Naturaleza -sin limitarnos sólo a nuestro vocabulario, dado que hay mucho más que el significado latente de aquel universo propio del discurso de la imaginación. Y esto no lleva a entender porqué en las antiguas escuelas de misterios nunca fue permitido escribir la traducción del pensamiento, sino que las enseñanzas sagradas se trasmitían oralmente por tradición -de boca a oído- conservando así la ciencia simbólica y la capacidad de transformar
y regenerar al profano en un iniciado. Por ello el que se inicia en la masonería no sabe leer ni escribir sino que debe primero aprender a deletrear en el libro de la Naturaleza.
En consecuencia, es la Palabra o Verbo divino el único instrumento de generación teleológica del Espíritu, de ahí que se utilice en operaciones mágicas tales como la evocación, invocación, consagración y conjuración - y que se dan en todos nuestros rituales masónicos-, más aún cuando el sonido del verbo constituye el comienzo de la materialización del vacío.
Por ello ninguna fuerza negativa puede interferir nuestro pensamiento

antes de ser materializado por la palabra, independientemente de los distintos modos de escribir o representar los sonidos y que la mayoría de las veces resulta en letras, porque lo que importa entonces es su entendimiento respecto de la “jerarquía” en que actúa junto a los niveles en que su sola voluntad se ejercerá.
El iniciado debe buscar en su propia conciencia las palabras para sus operaciones mágicas sin temor a ejercitar sus poderes de comprensión, análisis e interpretación; misterio revelado en las formas de la esfinge -querer, saber, osar y callar-, así como en las relaciones de los elementos del microcosmos. Empero, lo indispensable antes de practicar las operaciones mágicas iniciáticas es tener el suficiente dominio y concentración sobre lo impulsivo e instintivo de nuestra más inferior naturaleza.
Ahora bien, ¿cómo podemos entender la forma de pensamiento que elabora el masón?
Diremos que cuando se “establece” el hombre en un punto o situación central en relación al universo, aparece necesariamente todo como una construcción humana que elabora una Teoría respecto del Conocimiento, y que partiendo desde el conocimiento material de las cosas y del hombre –sustentada en las capacidades psicológicas de éste-, interpreta esta participación humana como una especie de identidad -ya racional, ya irracional-.

La “identidad racional” considera que la razón humana es la razón del mundo y que pensar y Ser son idénticos; sin embargo es la “identidad irracional” -propia de los iniciados- la que considera que el núcleo informe y más profundo del hombre es en esencia el centro informe del Ser. Podríamos concebir el mundo como igualdades si lo admitimos como semejanza toda vez que lo idéntico se conoce por identidad así como nuestra luz interna es a la que nos es exterior, es decir que el proceso de concebir y juzgar se haría en base a analogías.
A mayor abundamiento, el pensamiento platónico expresa que las cosas son lo que son porque participan de ideas eternas e inalterables y que el ser humano participa de éstas haciendo que se encuentre entonces en posesión de múltiples principios fundamentales de “verdad evidente” llamados axiomas.
Sin embargo, aquellos que no conciben un mundo ya “acabado” desde la “primera luz”, tienen que asumir que el Conocimiento está entonces “inacabado” y en permanente cambio de contenido en el propio proceso creador. Y de este modo aparecen entonces aquellos “pragmáticos” que sostienen que los significados conceptuales o el de las proposiciones se identifican con sus consecuencias lógicas y prácticas, tomando análogamente el saber sólo como un aspecto instrumental que está destinado a la producción de bienes y que además miden la verdad de sus proposiciones sólo por el éxito logrado. Y si avanzamos un paso más en esta línea de concebir el conocimiento, aparece el tipo de “pensamiento operacional” cuando se aplica respecto de un concepto determinado la identificación con una serie de operaciones correspondientes.
Empero, los masones iniciados desarrollamos fundamentalmente el “saber constructivo” en cuanto a que nada nos es dado más allá de los datos de nuestra conciencia, dando como resultado “la lógica” a partir de las cosas y del mundo como constructos lógicos que tienen que ser interpretados a partir de impresiones sensibles.
Pero el “caos” original de nuestras sensaciones que hacen que “a priori” conozcamos de las cosas aquello que en ellas “calificamos en el espacio y en el tiempo”, se ordena por las funciones de síntesis de nuestro espíritu en la relación cósmica de las cosas y el mundo, y no meramente como producto de la experiencia tanto externa como interna, rehusando así las ideas innatas y los elementos a priori.
Por otro lado, el “racionalismo” que confía en el entendimiento y la razón pura y que ve en la matemática una “ciencia a priori” de seguridad indudable e independiente de la experiencia, puede llegar a ser “dogmático” toda vez que esta confianza ciega crea poder construir un saber sobre el Ser a partir de simples conceptos. Kant criticó la razón pura y estableció que conceptos sin intuiciones sensibles son vacuos, y por ende nada del Ser puede ser expresado sin fundamento en la experiencia, lo que constituiría un “criticismo” -es decir, que al examen de todo conocimiento tendría que preceder la labor científica- y que puede incluso llevar al “escepticismo” cuando la desconfianza se traslada a los sentidos y/o al entendimiento, porque entraríamos a formular frente a cada afirmación una contrafirmación de idéntica fuerza que nos impulsa a abstenernos de tomar una decisión; por ello el escepticismo es saludable solamente en la medida en que nos saca del dogmatismo. En consecuencia, para lograr el “pensamiento constructivo” que se da en el masón iniciado, es insuficiente utilizar la correspondencia entre los conceptos con los objetos como fundamento de la noción de verdad porque debemos subir un escalón más hacia la llamada “Verdad Trascendental”, donde los juicios son formalmente no- contradictorios toda vez que representan la “síntesis” de la validez universal de los datos relativos que nuestra experiencia da a un objeto, o también cuando las posibilidades son suficientes para explicar aquellos fenómenos con los que se relacionan. Entonces cuando utilicemos la palabra “Verdad” es menester ubicarnos si con este vocablo queremos indicar una “verdad axiomática” -es decir evidente y admitida universalmente sin necesidad de demostración-,o una “verdad empírica” -que se da como juicio dado según nuestra experiencia-, o una verdad operativa o pragmática -aceptando la veracidad de todo cuanto pueda ser realizado-.
Sin embargo, el iniciado real apunta a la “Verdad Trascendente” al relacionar los conceptos del entendimiento y la experiencia posible, para así entonces pasar a la pura “Verdad Existencial” que es el mismo Ser y que se traduce en el pensamiento como Verdad existencial de la Conciencia; y en el pensamiento acerca del pensamiento como Verdad existencial del Espíritu.
Entonces cuando el aforismo dice “conocerás la verdad y la verdad os hará libre” queremos decir que los conceptos dados por la fuerza del pensamiento y los respectivos entendimientos cósmicos se deben comprender inteligiblemente a fin de establecer su real jerarquía operativa y donde su valor adquiere significado en cuanto nos identificamos con la totalidad de aquel entendimiento, porque cualquier acción de nuestra conciencia tiene un sentido cósmico en nuestro pensamiento y en nuestros valores -entendidos éstos como aquellos sentimientos que habitan en nosotros y que adquieren una objetividad espiritual que supera lo individua-l porque surgen al entendimiento de la naturaleza espiritual; y es aquí donde empieza el verdadero “pensamiento mágico” del iniciado que va
en dirección a aspectos interiores metafísicos y que le hacen estar concientemente más vivo cuanto más penetra en su Ser, adquiriendo un sentido de unidad entre toda experiencia y conocimiento. Aquí entramos en un saber que es independiente de la experiencia a priori, y que incluye los principios de la “causa primera”, es el
saber del ente en cuanto a su aspecto ontológico, pues lo que es, existe o puede existir se sustenta en el concepto general más vasto posible -llamado el Ser-; penetrando en el saber de su naturaleza más perfecta en cuanto a sus fines teleológicos.
El pensamiento metafísico no procede de manera deductivo- analítica como lo hace el pensamiento científico, ni tampoco se sustenta en axiomas dogmáticos que sólo aceptan como verdadero lo que siempre puedo conocer como distinto y claro; porque es una abstracción de la realidad viva que unifica y sintetiza la totalidad de la experiencia y del saber en un momento dado, orientándose hacia el sentido, valor y conocimiento del Ser, dado que toda metafísica se estructura en tres principios fundamentales: el ontológico, el psicológico-deontológico y el teológico.
Sin embargo debemos tener cuidado en nuestras construcciones metafísicas deductivas porque podemos caer en el prejuicio de la estructuración única toda vez que creemos que determinada abstracción verbal debe necesariamente corresponder a una sola naturaleza capaz de captar una intuición de esencias, y a contrario sensu, tampoco caer concientemente en la ambigüedad de reflexionar en una profundidad sin existencia.
Otro obstáculo posible en el desarrollo del pensamiento metafísico es el “aislamiento del Ser”, porque lo universal y lo singular tienen y se hacen sentido en una dependencia recíproca. Tampoco debemos caer en la simplicidad fragmentando formas complejas en formas simples a través de juicios o problemas porque esto no significa necesariamente que hayamos alcanzado los elementos más simples -ejemplo de ello es la complejidad del átomo.
En el aspecto psicológico eliminemos el prejuicio de la falsa identificación al considerar idéntico lo que de hecho es diferente, confundiendo semejanza o analogía con identidad dado que las igualdades aunque siendo instructivas, son errores.
Sólo el “entendimiento divino” puede respecto del mundo establecer a priori proposiciones necesarias, por ello dejemos de pretender lo absoluto y definitivo -porque el entendimiento humano es finito, provisorio y sujeto siempre a ser modificado por la experiencia futura y el progreso del conocimiento-.
Por tanto sólo podemos realizarnos en una perspectiva con alternativas porque no podemos comprender lo que en el fondo es incomprensible en su sentido absoluto. Entonces, los límites de lo comprensible reconocen lo inconcebible, de manera que nunca los masones afirmamos saber lo que no se sabe, pues la esfera de acción mágica –propia del maestro- no está en lo posible sino en lo disponible en un momento dado de la conciencia.
La Gran Obra, expresada sabiamente en la tabla esmeraldina, viene a ser una suerte de propia creación de si mismo o conquista plena de nuestras facultades y de nuestro futuro cuando se produce la “emancipación perfecta” de la Voluntad asegurando el imperio universal que es traducido en la transmutación de su sustancialidad energética.

H.·. B.·.I.·. V.·.M.·. Resp.·.Logia
José Victorino Lastarria N° 17

Publicado en Revista Anfora Nº1 2007 ev.·.
http://anforadigital.googlepages.com/Numero1A.pdf